martes, 20 de mayo de 2014

Ropa y Comida en Buenos Aires del Siglo XVIII

Ropa y comida en el Buenos Aires del siglo XVIII

Por Andrés M. Carretero *

Vestuario

Existe la idea generalizada de que la gente que vivió en Buenos Aires, en el siglo XVIII, lo hizo vistiendo, calzando y comiendo muy pobremente. Este concepto es correcto si se refiere a los sectores blancos más pobres y a los afroporteños. Las diferencias sociales basadas en las diferencias económicas determinaron muchos desniveles.

Así los hombres en general, para la década de 1760, se vestían con medias abotonadas de todos los colores, caracterizadas por ser anchas, o sea, grandes, para permitir el uso de las botas duras y rígidas, pues sus cueros no estaban muy bien curtidos y por ello lastimaban la piel. Era costumbre en esa época calzar dos pares de medias. El origen de esas medias podía ser España, Inglaterra o confeccionadas en las casas familiares utilizando lanas provenientes de las ovejas bonaerenses o de camélidos de las provincias del norte. Ese origen diverso determinaba el costo y con ello, el precio de venta al consumidor.

Para la incipiente clase media y la burguesía porteña, los calzones (calzoncillos) debían ser blancos, confeccionados en lienzos de todos los colores. Los de montar eran más anchos. Los chalecos debían tener por lo menos seis botones, para ajustarlos mucho al pecho, evitando arrugas. En su ausencia se usaban dos solapas de bayeta con dos cintas a los lados para atarlas alrededor de la cintura. Las chupas, eran prendas de vestir que cubrían el tronco, con o sin faldillas y mangas muy ajustadas, que se usaba debajo de la casaca. En caso de no tenerla se la usaba como prenda exterior, lo que demostraba un sector social con menos recursos. El excesivo uso o mal trato, dio origen a la expresión popular de "como chupa de dómine", para demostrar extrema pobreza. Llevaban cuatro a seis botones de metal y dos cuerdas para ajustarla a la cintura. Como en el caso de las medias, su confección se realizaba en Inglaterra o con géneros de ese origen, en España o en la confección casera.

Las camisas podían ser de varias telas, con gran variedad de colores, amplias, para facilitar los movimientos y con puños abotonados.

La cabeza se cubría con los gorros llamados de Pinzón, en muchos colores y grandes, lo mismo que los sombreros. Estos últimos eran de fabricación española. El tamaño de ambas prendas era más grande que el normal, pues la mayoría de los hombres usaba cabello largo. En los sombreros predominaba el color negro y el ala era ancha y ondulada, para facilitar doblarla y cubrir la luz del sol a los ojos.

La gente de clase media y burguesía usaba preferentemente como ropa exterior la capa de confección española o casera, pero el resto de la población usaba poncho de origen chileno, tucumano o de las llamadas provincias de arriba (Salta, Jujuy y Alto Perú). La calidad de los mismos variaba de acuerdo a las lanas y telares usados. Los buenos eran de lana pura, realizados con las técnicas de los indios americanos. Los intermedios se realizaban mezclando lana y algodón. Los más baratos se llamaron por la tela usada, tocuyos. Eran los más toscos y rústicos, de aspecto no atrayente, pero de gran durabilidad, y caracterizaron la vestimenta de los esclavos y de los trabajadores rurales llamados gauderios o camiluchos, más tarde, gauchos.

El calzado de la ciudad, para las clases medias y alta consistía en zapatos de suelas (cuero), con hebillas de acero. En el campo se usaban la bota hoy llamada de media caña, para los propietarios, mientras los peones usaban bota de potro, obtenida con el cuero de las patas de novillos, toros o vacas, de corta duración, por falta de preparación del cuero, por lo que eran renovadas en dos o tres ocasiones en el año. Los más pobres y los afroporteños andaban sin calzados o con lo que le regalaban los amos. Respecto a la ropa del sector esclavo, fue muy diversa, ya que iba desde el simple poncho que cubría todo, con una cuerda atada a la cintura, hasta las ropas descartadas por las mujeres y hombres de las casas en la que servían, adaptadas a los cuerpos de los nuevos portadores.

En el recado o montura se acostumbraba llevar pellones de origen chileno o tucumano, que servían para cabalgar y en la noche suplir la cama.

En lo que respecta a la ropa femenina, usada por la clase en condiciones de adquirirla en los negocios de la ciudad o confeccionarla en el seno de los hogares, consistió en medias de lana en varios colores, preferentemente azules o coloradas. Las enaguas más popularizadas eran de lino. Las camisas del mismo género, muy parecidas a las masculinas. Las polleras eran confeccionadas o compradas en telas gruesas, sin tener un color preferido. Las batas eran cortas, hasta la cintura, en varias calidades de géneros o telas. Por su parte los zapatos de cuero, tenían tacos de dos centímetros de alto.

Comida

El Cabildo porteño, siempre se preocupó en determinar la calidad, tamaño, peso y precios de los alimentos ofrecidos a la población. Respecto al pan, se puede decir que en general fue de buena calidad, a precios accesibles para la mayoría de la población. Las excepciones fueron determinadas por la ausencia de buena harina. Para compensarla se recurrió al uso de harinas de otros cereales, por lo que el producto fue considerado de baja calidad (baxo) y con ello se rebajaba el precio. A veces los panaderos recurrían a maniobras dolosas, como el uso de harinas con gorgojos, húmeda o pasada, que se distinguió en este último caso por el sabor ácido del producto. En los Acuerdos del Cabildo se encuentran repetidas referencias al pan fabricado con "harinas corrompidas". Mucho del pan consumido en la ciudad se fabricaba en hornos familiares, para consumo de la familia y venta entre los vecinos y las amistades. Todas las transgresiones a las disposiciones municipales, fueron sancionadas con las correspondientes multas o cierres temporarios de los negocios. Las pulperías fueron los lugares donde la población de extramuros pudo adquirir este producto, considerado como indispensable.

Las carnes consumidas por los porteños fueron muchas y abundantes. Las vacas se mataban en número excesivo por lo que sobraban cortes, que se regalaban a los menos pudientes. Ello llamó la atención de todos los viajeros, pues para ellos era anormal que en los ranchos se asaran para la cena, costillares enteros o en los barrios de los negros libertos (San Telmo, Monserrat, Barracas y la Boca), la alimentación fuera abundante, basada en el mondongo, preparado de muchas maneras diferentes, siguiendo recetas de origen africano, transmitidas de generación en generación. También llamó la atención la preparación de empanadas, con la misma víscera, pero con sabor a carne de aves.

En la cocina porteña intervinieron las gallináceas y sus huevos. Los cerdos y ovinos, previamente cebados y criados en corrales, ubicados en el tercer patio de las casas, intervinieron en forma de asados o "cocidos". Una variante muy común en la comida de la clase intermedia entre los pobres y los ricos, fue la tortilla a la española, con pocas papas, compensada con chorizos muy condimentados con pimentón. Otro plato difundido fueron las patitas de cerdo saladas y condimentadas con ajíes. Se las hacía hervir, hasta sacarles la mayor cantidad de grasa. Estas tortillas y patitas fueron el alimento básico de muchos propietarios de tiendas y tendejones que funcionaron en los alrededores de la Plaza Mayor.

Otras carnes fueron provistas por conejos, liebres, patos, perdices y ocasionalmente peludos, etcétera.

Un plato habitual fue el "cocido", hoy llamado puchero, que aceptaba todo tipo de carnes, verduras y legumbres. Eso permitía elegir a los comensales los ingredientes de su preferencia.

Ese cocido o puchero, entre los sectores más pobres tuvo como variante el cocido de cola o de pata, en el que se reemplazaban los pedazos de espinazo, puestos para obtener un caldo con mucha grasa, para hacer la sopa de fideos o porotos.

Para freír se usó el aceite de oliva y, en su defecto, las grasas vacunas y muy ocasionalmente la de gallina.

La mayor parte de las comidas en base a carnes rojas, tenía mucha grasa, considerada entonces como básica para estar gordo, sano y fuerte. Muy pocos espumaban las ollas, para sacar las grasas que afloraban en la cocción.

El pescado fue un alimento cárneo de secundaria importancia en la alimentación porteña. Se pescaban pejerreyes, lenguados, patíes, surubíes, bogas, sábalos, bagres, lisas y anguilas, corvinas, brótolas, anchoas, peces gallo, dorados, dientudos, sardinas, congrios, etcétera, pero ninguno de ellos fue el plato principal de almuerzos o cenas. Ese rechazo podía responder a dos razones principales: la carne de vaca era abundante, barata y fresca, en cambio la de pescado corría el riesgo de carecer de sabor atrayente y de estar corrompida por los calores de verano. Sin embargo, era la comida habitual entre las familias consideradas de pro, para cumplir con los preceptos religiosos de los viernes, los días de vigilia y en Semana Santa. Una variante en materia de carnes de origen marítimo o fluvial, fueron las secadas al sol, previa limpieza externa e interna o las conservadas en Europa, como el bacalao, sardinas y salmones. Estas últimas fueron de casi exclusivo consumo de la población urbana, pues se desconocían en el interior de la provincia.

Las verduras y legumbres tuvieron tierras aptas para su producción, por lo que berenjenas, escarolas, brócolis, repollos, nabos, apios, pimientos dulces, papas, tomates, ajos, cebollas, espárragos, lechugas, garbanzos, porotos, arvejas, etcétera, no faltaron en las mesas de las clases pudientes. La producción estuvo acorde con la demanda, que fue escasa y reducida a unas pocas familias que preferían menúes diferentes a los elaborados en base a carnes rojas.

Un complemento de esta alimentación fueron las frutas mendocinas ‑uvas, manzanas, higos, orejones, guindas, ciruelas, pasas y otras frutas secas. El mismo origen tuvo una parte del vino consumido, que complementó la importación desde Europa.

También en muchas familias se consumieron arropes, de origen mendocino y posteriormente cuyanos. Los dulces más comunes fueron hechos en base a duraznos, naranjas, toronjas y batatas. En materia de pastelería, se hicieron masas dulces, roscas, rosquillas y tortas muy elaboradas para ocasiones especiales. En esta materia se destacaron las mujeres llamadas "rosqueras" o "torteras", que encontraron en esa actividad un medio de reunir dinero, con bajos costos materiales y mucha mano de obra. Algunos conventos se distinguieron por la delicadeza de sus postres y dulces. Su producción tuvo un amplio mercado de venta, pues era aceptada desde los conventos, las casas de familia y las pulperías. Competían de igual a igual con los pastelitos de las negras, pero tenían la ventaja de ser considerados mejor y más limpios en la fabricación.

Bebidas


El agua y el vino fueron las más popularizadas. La primera era de mala calidad, por provenir del río o de las napas subterráneas, o sea, no ser química o higiénicamente apta para el consumo humano. A pesar de ello, toda la población la usó en mayor o menor medida, especialmente en el mate, que fue la bebida popular por antonomasia, ya que era de rigor ofrecer mate a las visitas, a los viajeros, a los niños y a los mayores, sin importar la hora, antes y después de las comidas. Las variantes que registró su consumo fueron en primer lugar, dulce o amargo. El primero se lograba con azúcar o edulcorante ‑miel; con cáscaras de limón, naranja y alguna otra fruta. También se acostumbró agregarle una pequeña porción de café. Le siguió la leche, consumida sola, en el mate, con el café o con chocolate y muy poco en el té. Otras bebidas fueron la horchata y el sorbete. Este último se hacía en base a frutas como limón, ananá, naranja y algunas otras, disponibles en las épocas de cosecha.

Los adultos consumieron vinos cuyanos, chilenos y españoles.


Nombres de Presidentes de Argentina

ARGENTINA
OBE
GOBERNADORES DE BUENOS AIRESRNADORES DE BUENOS
Gobernadores de Buenos Aires

1691-1700                        Agustín de Robles Lorenzana
1700-1702                        Manuel de Prado y Maldonado
1702-1708                        Alonso José de Valdés e Inclán
1708-1712                        Manuel de Velasco y Tejada
1712-1714                        Alonso Arce y Soria
1715-1717                        Baltasar García Ros
1717-1734                        Bruno Mauricio de Zavala y Cortázar
1734-1742                        Miguel de Salcedo y Sierra Alta
1742-1745             Domingo Ortiz de Rosas García de Villasuso, marqués de Poblaciones
1745-1756                        José de Andonaegui y la Plaza
1756-1766                        Pedro Antonio de Ceballos
1766-1770                        Francisco de Paula Bucareli y Ursúa
1770-1777                        Juan José de Vértiz y Salcedo

VIRREINATO DEL RIO DE LA PLATA

1777-1778                        Pedro Antonio de Ceballos Cortés y Calderón
177-81784                        Juan José de Vértiz y Salcedo
1784-1789             Nicolás Francisco Cristóbal del Campo, marqués de Loreto
1789-1795                        Nicolás Antonio de Arredondo
1795-1797                        Pedro de Melo de Portugal y Villena
1797-1799                     Olaguer Feliú Heredia López y Donec (interino)
1799-1801                        Gabriel de Avilés y del Fierro, marqués de Avilés
1801-1804                        Joaquín del Pino y Rozas, Romero y Negrete
1804-1807             Rafael de Sobremonte Núñez Castillo, marqués de Sobremonte
1807-1809                        Santiago Antonio María de Liniers y Bremont
1809-1810                        Baltasar Hidalgo de Cisneros y la Torre
1810-1811                        Elías Galván (interino, nominal)
1811-1816                        Francisco Javier de Elío (nominal)

JUNTA PROVISIONAL GUBERNATIVA

1810-1811                                    Cornelio Judas Tadeo de Saavedra Rodríguez
1811-1811                                    Domingo Matheu Chicola

TRIUNVIRATO

1811-1812                                    Feliciano Antonio Chiclana y Ximénez de Paz                           Manuel de Sarratea Altolaguirre -                                        Juan José Esteban Paso Fernández -                                Juan Martín de Puyrredón y O'Dogan
1812-1814                                  Juan José Esteban Paso Fernández
Nicolás Santiago Rodríguez de la Peña y Funes Antonio de Jonte - Gervasio Antonio de Posadas y Dávila.

PROVINCIAS UNIDAS DEL RIO DE LA PLATA

1814-1815                        Gervasio Antonio de Posadas y Dávila
1815-1815                        Carlos María de Alvear y Balbastro
1815-1815                        Juan José Viamonte González
1815-1815                        Ignacio Álvarez Thomas
1816-1816                        Antonio González de Balcarce
1816-1819                        Juan Martín de Pueyrredón y O'Dogan
1819-1820                        José Casimiro Rondeau Pereyra
1820-1820                        Juan Pedro de Aguirre y López de Anaya (interino)

PROVINCIA DE BUENOS AIRES

1820-1820                        Mateo de Sarratea Altolaguirre (provisional)
1820-1820                        Juan Ramón González de Balcarce Martínez
1820-1820                        Mateo de Sarratea Altolaguirre (2ª) (provisional)
1820-1820                        Ildefonso Raimundo Ramos Mejía y Ross (interino)
1820-1820                        Juan Norberto Dolz (interino)
1820-1820                        Miguel Estanislao de Soler y Otálora
1820-1820                        Juan Norberto Dolz (2ª) (interino)
1820-1820                        Manuel Crispulo Bernabé Dorrego Salas (interino)
1820-1820                        Martín Rodríguez Rodríguez           
1820-1820                        Juan Norberto Dolz (3ª) (interino)
1820-1824                        Martín Rodríguez Rodríguez (2ª) (provisional)
1824-1826             Juan Gualberto Gregorio de las Heras y Ventura de la Gacha

REPUBLICA UNITARIA

1826-1827                        Bernardino de la Trinidad González Rivadavia y               Rivadavia           
1827-1828                         Alejandro Vicente López y Planes

PROVINCIA DE BUENOS AIRES

1827-1828                        Manuel Crispulo Bernabé Dorrego Salas (2ª)
1828-1829             Juan Galo de Lavalle y González Bordallo (Provisional)
1829-1829                        Juan José Viamonte González
1829-1832             Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y López de Osornio
1832-1833                        Juan Ramón González de Balcarce Martínez (2ª)
1833-1834                        Juan José Viamonte González (2ª)
1834-1835                        Manuel Vicente de la Maza Bracho (interino)
1835-1852             Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y López de Osornio (2ª)
1852-1852                        Alejandro Vicente López y Planes (provisional)

CONFEDERACION ARGENTINA

1852-1860                        Justo José de Urquiza y García
1860-1861                        Santiago Derqui Rodríguez
1861-1861                        Juan Esteban Pedernera (interino)

REPUBLICA ARGENTINA

1862-1868                        Bartolomé Mitre Martínez
1868-1874                        Domingo Faustino Sarmiento Albarracín
1874-1880                        Nicolás Avellaneda Silva
1880-1886                        Alejo Julio Argentino Roca Paz
1886-1890                        Miguel Juárez Celman
1890-1892                        Carlos Enrique José Pellegrini Bevans
1892-1895                        Luis Sáenz Peña Dávila
1895-1898                        José Evaristo de Uriburu y Álvarez de Arenales
1898-1904                        Alejo Julio Argentino Roca Paz (2ª)
1904-1906                        Manuel A.Quintana y Sáenz de Gaona
1906-1910                        José Figueroa Alcorta
1910-1914                        Roque Sáenz Peña Lahitte
1914-1916                        Victorino de la Plaza
1916-1922             Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen Alem      
1922-1928                        Máximo Marcelo Torcuato de Alvear Pacheco
1928-1930             Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen Alem (2ª)
1930-1932                        José Félix Benito de Uriburu y Uriburu
1932-1938                        Agustín Pedro Justo Rolón
1938-1940                     Gerardo Roberto Marcelino Ortiz Lizardi
1940-1943                        Ramón S.Castillo Barrionuevo
1943-1943                        Arturo Rawson Corvalán
1943-1944                        Pedro Pablo Ramírez Machuca
1944-1946                        Edelmiro Julián Farrell Plaul
1946-1955                        Juan Domingo Perón Sosa
1955-1955             José Domingo Molina Gómez (presidente de la Junta Militar)
1955-1955                        Eduardo A. Lonardi Doucet (provisional)
1955-1958                        Pedro Eugenio Aramburu Cilveti (provisional)
1958-1962                        Arturo Frondizi Ercoli
1962-1963                        José María Guido (interino)
1963-1966                        Arturo Humberto Illía Francesconi
1966-1970                        Juan Carlos Onganía Carballo
1970-1970                        Pedro Alberto José Gnavi (presidente de la Junta de                            Comandantes)
1970-1971                        Roberto Marcelo Levingston Laborda
1971-1973                        Alejandro Aagustín Lanusse Gelly
1973-1973                        Héctor José Cámpora Demaestre
1973-1973                        Raúl Alberto Lastiri (interino)
1973-1974                     Domingo Perón Sosa (2ª)
1974-1976                        María Estela Martínez Cartas de Perón

PRESIDENTES DE LA JUNTA MILITAR

1976-1981                    Jorge Rafael Videla Redondo
1981-1981                        Roberto Eduardo Viola Prevedini
1981-1981                        Carlos Alberto Lacoste (interino)
1981-1982                        Leopoldo Fortunato Galtieri
1982-1982                        Alfredo Óscar Saint Jean (interino)
1982-1983                        Reynaldo Benito Antonio Bignone Ramayón

PRESIDENTES DE LA REPUBLICA

1983-1989                        Raúl Ricardo Alfonsín Foulkes
1989-1999                        Carlos Saúl Menem Akil
1999-2001                        Fernando de la Rúa Bruno
2001-2001                        Federico Ramón Puerta (interino)
2001-2001                        Adolfo Rodríguez Saá Páez Montero (interino)
2001-2002                        Eduardo Óscar Camaño (interino)
2002-2003                         Eduardo Alberto Duhalde Maldonado
2003-2007                         Néstor Kirshner
2007-2011                         Cristina Elisabet Fernandez Wilhelm de Kirshner
2011-2015                   Cristina Elisabet Fernandez Wilhelm de Kirshner



Costo de Vida en Bs. As. en 1790

Costo de vida en Buenos Aires para 1790



Cómo vivían, se vestían, comían y transcurrían su vida cotidiana los habitantes de aquel Buenos Aires colonial defines del siglo XVIII, lo describe Andrés Carretero a través de un relato minucioso y documentado, ameno y esclarecedor.

Por Andrés M. Carretero *


Contrariando la opinión general, la vida en la época colonial, en Buenos Aires y su campaña, no fue fácil ni barata.

Una casa de tres habitaciones, dependencias para el servicio y tres patios, ubicada en el barrio de Santo Domingo, no se podía adquirir por menos de cuatro mil quinientos a cinco mil
pesos, dependiendo de la calidad de los materiales empleados y si tenía terraza.

El amoblamiento de la misma superaba los dos mil quinientos y se acercaba mucho a los tres mil, o algo más si los muebles eran de jacarandá o nogal o fabricados en España o Francia y traídos por encargo.

Los cortinados, fundas de los muebles, espejos, almohadones y otros complementos representaban como mínimo los quinientos pesos, dependiendo de los géneros usados, pues había diferencias apreciables entre el damasco, la seda y el algodón posibles de utilizar en ellos.

En lo referente a la comida y la bebida, los gastos anuales eran tolerables, dado que el alimentos básico era la carne, tanto vacuna, como ovina o porcina, a la que se agregaban los animales domésticos, las aves de corral o los salvajes de la fauna menor. Pero en promedio se necesitaba, para una familia que podemos llamar tipo para la época, de cinco personas y otros tantos sirvientes, no menos de 8 ó 10 pesos diarios, que eran entre 250 y 300 mensuales, o sea, unos 1.100 al año.

Aunque parezca excesivo este gasto en comida y bebida, debe considerarse que el personal de servicio no cuidaba los utensilios utilizados y buena parte de los elementos usados eran tirados a la basura o dados a los perros y gatos de la casa o a los limosneros que a diario hacían sus recorridas por el polo urbano de la ciudad.

Respecto a estos mendicantes, hay relatos que indican a varios de ellos con sitios reservados en la Plaza Mayor, donde se dirigían, junto a su o sus perros, cuando habían logrado la cantidad de comida apetecida y, tirados en el suelo, daban entre todos cuenta de lo recogido.

Respecto a los gastos de comidas y bebidas, existía la recomendación de tener como plato principal, carne de vaca hervida, no asada, acompañada con mate o agua.

Una estimación promedio del costo de la batería de cocina era de cien pesos o algo más, siempre que predominaran las piezas de cobre, pues si se preferían las de plata, esa cantidad se multiplicaba por cuatro.

La cantidad de ropa blanca para las camas, como las toallas, insumía al año una suma estimada en cien pesos.

Un gasto nunca ajustado y siempre cambiante fue el correspondiente al calzado de las mujeres mayores, pues además de hacerse en cada casa los zapatos, para ahorrar una buena suma, esa confección casera resultaba ajustada al gusto estético de quien los llevaría, pero deficiente y, por ello, al año cada mujer necesitaba renovar el calzado entre cuatro y cinco veces.

A ello había que agregar que cada dueña de casa, como sus hijas en edad de casarse, necesitaban por lo menos tres tipos de calzado. Uno para entrecana, otro para salir de visita o compras y un tercero para las reuniones sociales, donde se bailaba.

Un gasto que era incontrolable e imposible de evitar era el ocasionado por el mal trato que los esclavos del servicio doméstico daban al menaje que no era metálico. Hay muchos inventarios de bienes, que indican ese menaje como averiado en mayor o menor proporción y son muchos los juegos de tazas, platos, copas o vasos incompletos o desportillados. Muchas de las piezas metálicas ‑bronce, hierro o plata‑ presentaban abolladuras y hasta rajaduras que afeaban el aspecto o imposibilitaban el uso. No eran raros en los inventarios los asideros o mangos defectuosos y hasta faltantes.

La cantidad de personal doméstico variaba de casa a casa, pero para la familia tipo mencionada, no era menos de cinco. El precio promedio de cada uno de ellos era de entre 200 y 300 pesos, dependiendo de la edad, tiempo de estada en la ciudad y habilidades. Su distribución en las tareas de la casa era más o menos fija. Este personal se componía de un cocinero para hacer las compras en el mercado y distribuir el menú diario en forma armónica y dentro del presupuesto disponible; una persona para acarrear el agua necesaria en la cocina y para fregar los utensilios usados; una tercera para paje y lacayo, que acompañaba a la señora de la casa al templo, a recorrer tiendas y a hacer las compras y que se ocupaba de la limpieza de los niños; una cuarta persona era quien hacía de cochero y en los ratos libres se ocupaba de la limpieza de la casa y demás menesteres interiores.

En las familias pudientes, a este plantel básico se agregaba la negra de cría, así llamada por ser quien amamantaba a los niños pequeños y ayudaba a la señora en la intimidad de su alcoba. Todo ese personal doméstico de origen esclavo estaba supervisado por el mayordomo blanco que los controlaba y corregía, evitando roturas y robos.

Como no había profesionales en ese entonces para este último trabajo, se lo agregaba con una asignación anual y un lugar para vivir. A pesar de estas ventajas, hubo quienes lograron ubicarse en el seno de familias importantes para desaparecer al poco tiempo, con dinero, alhajas o ropas, como consta en el archivo de Tribunales.

Otro gasto que significaba preocupación era la limpieza y conservación de las prendas, pues además del lavado era necesario almidonarlas, especialmente las enaguas y los delantales, para cuando se recibían visitas. La ropa de uso personal y la de cama e higiene, se deterioraba bastante, por el método utilizado para lavarla, ya que los jabones usados estaban fabricados en base a lejías que debilitaban, cuando no carcomían, las fibras de los tejidos, junto con el apaleamiento complementario, que se hacía en las toscas del río, para sacar de ellas los excesos de jabón.

En general esa sociedad colonial puede ser considerada como austera, salvo cuatro vicios. Uno de ellos era el abanico, prenda imprescindible para una mujer que apreciaba la elegancia y la sofisticación sociales. Otro correspondía a los hombres y era el uso de relojes de bolsillo, también considerados esenciales, para completar el vestir masculino en todas las actividades diarias. Un tercero era de hombres y mujeres, y consistió en el consumo de tabaco y de rapé. Este último se decía que estaba reservado para las personas de estudio y se le atribuían propiedades para aclarar los pensamientos y tener la cabeza clara.

El cuarto defecto o vicio fue el de la excesiva limosna, cuando superaba las realidades fácticas de quien la prodigaba. Hubo familias que hicieron una cuestión de honor de la cantidad de mendicantes que acudía a su puerta a diario para obtener comida, ropa, calzado. Esa ayuda incluía a sacerdotes, sin distingo de órdenes.

Son muy raras las manifestaciones sobre mujeres dadas al excesivo consumo de bebidas, pues ni aún entre las esclavas, manumitidas o libertas han quedado registros de sus nombres o costumbres.

Un rubro de poca repercusión en la sociedad de su tiempo es el que corresponde a los gastos en bibliotecas y libros, posiblemente por el elevado precio de ambas cosas.

De los inventarios, legajos y herencias posibles de consultar, se desprende que las casas más lujosamente puestas, correspondían al alto clero, especialmente en los rubros de muebles, ya que en ellas predominaron los de jacarandá con patas torneadas de pie de cabra, colgaduras de damasco y hasta mulas mansas con las consiguientes guarniciones adornadas con penachos de seda.

Dado los cambios ocurridos en la economía argentina resulta imposible hacer una estimación del valor adquisitivo de la moneda de aquel entonces comparándola con la actual, pero es posible inferir que el presupuesto de la familia tipo considerada, significó el equivalente de quince o más de las familias de los sectores trabajadores.

* El autor es historiador porteño. Este artículo fue publicado en “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires”  (N° 18, Diciembre de 2002), que autorizó su reproducción a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.